Tunguska: razón del día internacional del asteroide

Este viernes se celebra el primer Día Internacional de los Asteroides, una fecha que busca sensibilizar al público sobre los riesgos del impacto de estos cuerpos astrales y de informarle sobre las medidas de comunicación que se deberían adoptar en caso de que el mundo enfrentara una amenaza de este tipo.

El 6 de diciembre de 2016, la Asamblea General de la ONU aprobó la resolución que designó el 30 de junio como fecha para este día internacional, que coincide con aniversario del impacto de Tunguska en Siberia (Rusia), el más grande registrado en la historia, ocurrido en 1908.

El bólido de Tunguska causó una explosión aérea de alta potencia en una zona desierta, pero los expertos afirman que si se hubiese precipitado sobre un área poblada, habría producido una masacre de dimensiones enormes.

Tanto los cometas como los asteroides que circulan en órbitas cercanas a nuestro planeta pueden provocar catástrofes en la Tierra. Según el centro de la NASA que se dedica al estudio de estos cuerpos, se han identificado más de 16.000 asteroides en las cercanías del globo terráqueo.

Los científicos alrededor del mundo consideran que es necesaria una respuesta internacional a esta amenaza, una preparación de medidas para mitigar sus efectos y una acción coordinada para proteger a los habitantes del planeta.

La decisión de la Asamblea General se adoptó a raíz de una propuesta de la Asociación de Exploradores del Espacio de la ONU, un comité que se encarga de monitorear los usos pacíficos del espacio sideral.

Es el año 1908 y apenas transcurrieron algunos segundos de las siete de la mañana. Un hombre yace sentado en el balcón de un solitario establecimiento comercial en Vanavara, Siberia. No se imagina que, en sólo unos instantes, será arrancado de su silla y el calor será tan intenso que sentirá como si su camisa estuviera envuelta en llamas.

Así es como se sintió el llamado evento de Tunguska a 64 kilómetros (40 millas) del epicentro.

A pesar de que el impacto ocurrió en 1908, la primera expedición científica que llegó al área lo hizo 19 años después. En 1921, Leonid Kulik, el conservador principal de la colección de meteoritos del Museo de San Petersburgo condujo una expedición a Tunguska. No obstante, las duras condiciones de la zona del interior de Siberia impidieron al equipo alcanzar el área de la explosión. En 1927, una nueva expedición, liderada otra vez por Kulik, logró finalmente alcanzar la meta.

Aunque se hizo muy difícil obtener testimonios de lo sucedido, la evidencia abundaba alrededor. Aproximadamente 2,100 kilómetros cuadrados (ochocientas millas cuadradas) de bosque quedaron partidas en dos. Ochenta millones de árboles yacían a ambos lados, derribados en un patrón radial sobre el suelo.

“Esos árboles sirvieron como marcadores ya que señalaban la dirección directamente opuesta al epicentro de la explosión”, dijo Yeomans. “Más tarde, cuando el equipo llegó al lugar del epicentro, descubrió que los árboles estaban de pie, pero con sus ramas y sus cortezas completamente removidas. Parecía un bosque de postes de teléfono”.

Eso requiere ondas de expansión de rápido movimiento capaces de romper las ramas de un árbol antes de que éstas puedan transferir el impulso del impacto al tronco.

Las expediciones de Kulik (quien viajó a Tunguska en tres ocasiones distintas) lograron hacer, finalmente, que algunos vecinos de la localidad hablaran. Uno de ellos fue el hombre del establecimiento en Vanavara, quien fue testigo de la explosión de calor mientras era despedido de su silla. Su testimonio:

“De pronto, en el cielo norteño… el cielo se partió en dos y, sobre el bosque, toda la parte norte del firmamento parecía cubierta por fuego… En ese momento, hubo un estallido en el cielo y un gran estrépito… Al estrépito lo siguió un sonido como de piedras que caían desde el cielo o de pistolas que disparaban. La tierra tembló”.

La magnitud de la explosión fue como una paliza. La onda expansiva que se produjo como resultado pudo ser registrada por barómetros sensibles en lugares tan lejanos al epicentro como Inglaterra. Se formaron nubes densas sobre la región, a grandes altitudes, las cuales reflejaban la luz solar desde detrás del horizonte. Los cielos nocturnos brillaban y se recibieron informes de personas que vivían en lugares tan lejanos como Asia, quienes afirmaban que podían leer el periódico afuera a la medianoche. En la localidad, cientos de renos, que constituyen el sustento de muchos ganaderos del lugar, resultaron muertos, pero no hubo evidencia directa de que alguna persona pereciera en la explosión.

Se estima que el asteroide, de alrededor de 80 a 100 metros, hizo su entrada a la atmósfera de la Tierra viajando a una velocidad de aproximadamente 53,900 kilómetros por hora. Durante su rápida caída la roca espacial de casi 110,000 toneladas calentó el aire a su alrededor hasta alcanzar una temperatura de 24,700 grados Celcius. A las 7:17 a.m. (hora local de Siberia), a una altitud cercana a los 8.500 metros (28.000 pies), la combinación de presión y calor provocó que el asteroide se fragmentara y se destruyera, produciendo de este modo una bola de fuego y liberando energía equivalente a alrededor de 185 bombas de Hiroshima.

ONU/NASA

SkyAlert

By | 2017-06-30T12:36:43+00:00 Junio 30th, 2017|Astronomía, Día Internacional|0 Comments

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